Klaussius Il'Amare Dragowere

De Sendero de Sueños
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Características

  • Raza: Humano
  • Nacimiento: Lordaeron
  • Edad/Año de nacimiento: Adulto con muchas responsabilidades
  • Clase(s): Paladín (defensor)

Historia

Orígenes

Klaussius nació en Lordaeron, cuando el reino aún respiraba orden, trigo dorado y campanas al amanecer. La Casa Dragowere no era solo rica: era confiable. Donde llegaban sus caravanas, llegaba estabilidad. Su red comercial atravesaba reinos como una arteria bien cuidada, y su nombre abría puertas sin necesidad de alzar la voz.

Su infancia fue cómoda, pero no blanda. Se le educó en números, historia y espada. A rezar sin fanatismo y a luchar sin crueldad. Porque en los Dragowere la fe no era un estandarte para exhibir, sino una herramienta que se mantenía limpia. La figura central de su niñez fue su madre, la veterana paladín Selomit Dragowere. De esas que no necesitan levantar la voz para que una sala se calle. Ella le enseñó que la Luz no era obediencia ciega, sino responsabilidad. “Si empuñas esto”, decía señalando el martillo, “es porque estás dispuesto a ser juzgado más que los demás”. Klaussius creció queriendo estar a su altura. Error clásico. Motivación perfecta.

La prosperidad de los Dragowere no se medía solo en monedas, sino en acceso. Cuando una familia humana consigue que los altos elfos se sienten a negociar sin condescendencia, algo está haciendo muy bien.

Fue así como Sinistrad Vientosolar, cabeza de una de las casas élficas más influyentes, aceptó un matrimonio político. No por romanticismo. Por visión. De entre las hermanas Vientosolar se eligió a Ybis. La elección era perfecta sobre el papel: refinada, inteligente, con una magia tan precisa como elegante. Ybis representaba continuidad, alianza y futuro. Klaussius, por su parte, aportaba estabilidad, honor y una familia sin manchas. Pero el problema fue otro. Funcionó demasiado bien.

Klaussius e Ybis debían actuar como prometidos. Sonreír en público. Caminar juntos. Compartir silencios calculados. Y en algún punto indeterminado, sin aviso ni ceremonia, dejaron de actuar. No fue una pasión desbordada ni un arrebato juvenil. Fue algo más peligroso: complicidad. Miradas largas. Confianza. La sensación de que el otro entiende sin necesidad de explicarse.

Klaussius, criado entre humanos, encontraba en Ybis una calma extraña, casi cristalina. Ybis, acostumbrada a la distancia emocional élfica, descubría en él una honestidad incómodamente atractiva.

No hablaban de amor. Pero vivían como si existiera. Y desde lejos, siempre desde lejos, Meghara Vientosolar observaba. La hermana no elegida. La que veía cómo el destino se cerraba delante de sus ojos sin haber sido consultada.

Meghara también se había enamorado de Klaussius. Y no con dulzura. Con intensidad. Con ese amor silencioso que se vuelve corrosivo cuando no encuentra salida. Nunca interrumpió. Nunca gritó. Nunca reclamó nada. Solo miraba y aprendía. El drama estaba ahí, cargado, a punto de estallar como una copa de cristal sometida a demasiada presión.