Diferencia entre revisiones de «Klaussius Il'Amare Dragowere»
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Klaussius nació en Lordaeron, cuando el reino aún respiraba orden, trigo dorado y campanas al amanecer. La Casa Dragowere no era solo rica: era confiable. Donde llegaban sus caravanas, llegaba estabilidad. Su red comercial atravesaba reinos como una arteria bien cuidada, y su nombre abría puertas sin necesidad de alzar la voz. | Klaussius nació en Lordaeron, cuando el reino aún respiraba orden, trigo dorado y campanas al amanecer. La Casa Dragowere no era solo rica: era confiable. Donde llegaban sus caravanas, llegaba estabilidad. Su red comercial atravesaba reinos como una arteria bien cuidada, y su nombre abría puertas sin necesidad de alzar la voz. | ||
Revisión del 08:34 9 feb 2026
Características
- Raza: Humano
- Nacimiento: Lordaeron
- Edad/Año de nacimiento: Adulto con muchas responsabilidades
- Clase(s): Paladín (defensor)
Orígenes
La prosperidad
Klaussius nació en Lordaeron, cuando el reino aún respiraba orden, trigo dorado y campanas al amanecer. La Casa Dragowere no era solo rica: era confiable. Donde llegaban sus caravanas, llegaba estabilidad. Su red comercial atravesaba reinos como una arteria bien cuidada, y su nombre abría puertas sin necesidad de alzar la voz.
Su infancia fue cómoda, pero no blanda. Se le educó en números, historia y espada. A rezar sin fanatismo y a luchar sin crueldad. Porque en los Dragowere la fe no era un estandarte para exhibir, sino una herramienta que se mantenía limpia. La figura central de su niñez fue su madre, la veterana paladín Selomit Dragowere. De esas que no necesitan levantar la voz para que una sala se calle. Ella le enseñó que la Luz no era obediencia ciega, sino responsabilidad. “Si empuñas esto”, decía señalando el martillo, “es porque estás dispuesto a ser juzgado más que los demás”. Klaussius creció queriendo estar a su altura. Error clásico. Motivación perfecta.
La prosperidad de los Dragowere no se medía solo en monedas, sino en acceso. Cuando una familia humana consigue que los altos elfos se sienten a negociar sin condescendencia, algo está haciendo muy bien.
Fue así como Sinistrad Vientosolar, cabeza de una de las casas élficas más influyentes, aceptó un matrimonio político. No por romanticismo. Por visión. De entre las hermanas Vientosolar se eligió a Ybis. La elección era perfecta sobre el papel: refinada, inteligente, con una magia tan precisa como elegante. Ybis representaba continuidad, alianza y futuro. Klaussius, por su parte, aportaba estabilidad, honor y una familia sin manchas. Pero el problema fue otro. Funcionó demasiado bien.
Klaussius e Ybis debían actuar como prometidos. Sonreír en público. Caminar juntos. Compartir silencios calculados. Y en algún punto indeterminado, sin aviso ni ceremonia, dejaron de actuar. No fue una pasión desbordada ni un arrebato juvenil. Fue algo más peligroso: complicidad. Miradas largas. Confianza. La sensación de que el otro entiende sin necesidad de explicarse.
Klaussius, criado entre humanos, encontraba en Ybis una calma extraña, casi cristalina. Ybis, acostumbrada a la distancia emocional élfica, descubría en él una honestidad incómodamente atractiva.
No hablaban de amor. Pero vivían como si existiera. Y desde lejos, siempre desde lejos, Meghara Vientosolar observaba. La hermana no elegida. La que veía cómo el destino se cerraba delante de sus ojos sin haber sido consultada.
Meghara también se había enamorado de Klaussius. Y no con dulzura. Con intensidad. Con ese amor silencioso que se vuelve corrosivo cuando no encuentra salida. Nunca interrumpió. Nunca gritó. Nunca reclamó nada. Solo miraba y aprendía. El drama estaba ahí, cargado, a punto de estallar como una copa de cristal sometida a demasiada presión.
El Éxodo
Pero entonces llegó la gran crisis económica. Mercados desplomados. Rutas canceladas. Reinos enteros recalculando su supervivencia. Y tras ella, como una sombra que aún no enseñaba los dientes... la plaga.
El éxodo lo arrasó todo: Las familias se separaron, los pactos quedaron suspendidos en el aire, las promesas dejaron de ser urgentes frente a la necesidad de vivir un día más.
Klaussius partió con los suyos hacia los Páramos de Poniente en el lejano reino del Sur, Ventormenta. Ybis quedó atrás, con su casa, su deber y una despedida que no fue definitiva... pero tampoco segura. Meghara observó cómo el drama se desvanecía sin resolverse. Eso, a veces, es peor que una tragedia abierta.
La caravana partió. Los Paramos de Poniente les esperaban y la vida continuó, técnicamente. Pero Klaussius aprendió algo fundamental ese día:
Que la fe puede arrancarte a las personas que amas, que hacer lo correcto no siempre es lo mismo que quedarse. Y que la Luz... no garantiza finales felices. Desde entonces, cada juramento que ha pronunciado pesa más. Cada decisión la examina dos veces. Cada vez que alza un arma, se pregunta si está defendiendo algo... o huyendo de ese amanecer en el camino a Forjaz.
Rezaba pidiendo respuestas. Porque en algún lugar del norte, entre ruinas y nombres olvidados, una paladín llamada Selomit Dragowere cabalgó hacia el fin del mundo de vuelta a Lordaeron por las noticias de la plaga.
Tras la partida de Selomit, algo se rompió para siempre en el patriarca de los Dragowere. No hubo discusiones ni reproches. Hubo silencio. Su nombre dejó de pronunciarse, como si decirlo pudiera atraer desgracia. Para Klaussius fue una lección temprana y cruel: hay dolores que algunos hombres no saben llorar y prefieren enterrar vivos. El viaje siguió más tenso y más rápido. Cada noche sin Selomit era una ausencia que ocupaba demasiado espacio.
El caos tiene nombre propio, y esa vez fue Puerto Menethil. Caravanas rotas. Gente gritando. Soldados empujando. Familias separándose sin darse cuenta hasta que ya era tarde. El puerto no era un lugar, era una marea humana sin orillas a la sombra de la Plaga.
En ese desorden ocurrió lo inevitable. Éric Dragowere, el hermano de Klaussius, desapareció. No hubo escena heroica. No hubo último grito dramático, sólo un momento en el que estaba y otro en el que ya no.
Klaussius buscó hasta que la voz se le rompió. Revisó muelles, almacenes, callejones, el miedo empezó a saber a metálico. Su padre ordenó una búsqueda. Breve, eficiente y limitada. Y luego tomó una decisión. Se ofreció oro. Mucho. A quienes decían saber moverse entre el caos. A quienes prometían resultados rápidos, pero Puerto Menethil no devuelve lo que toma.
El tiempo pasó. El riesgo creció. Las rutas se cerraban porque la plaga empujaba y el sur llamaba con urgencia.
Y entonces llegó la decisión.
—Seguimos.
No fue una orden gritada. Fue peor. Fue dicha con voz neutra, administrativa, como quien da por cerrada una cuenta incobrable. Éric no apareció y el camino continuó sin él.
Klaussius ni gritó, ni suplicó, ni tuvo tiempo. Subió a la carreta con los ojos secos y el estómago vacío. Entendió, de golpe, que su infancia había terminado allí mismo, entre muelles y cabos mojados. Su padre no volvió a mencionar a Éric, igual que había hecho con Selomit. Dos nombres borrados, dos ausencias convertidas en norma. Y Klaussius aprendió una lección terrible y precisa: hay hombres que sobreviven recortando su propio mundo, amputando lo que duele para poder avanzar. Él no haría eso jamás.
Ese día, sin templos ni testigos, Klaussius juró algo que aún no sabía poner en palabras: Que nadie quedaría atrás mientras él pudiera sostenerse en pie, que el precio del camino no serían los nombres de los suyos, que la Luz, si merecía ese nombre, tendría que aceptar cargar con los perdidos.
El convoy siguió hacia Poniente, el mundo siguió rompiéndose. Y en algún lugar de Puerto Menethil, Éric Dragowere se convirtió en la primera sombra que Klaussius llevaría siempre detrás durante años, y no como culpa, sino como recordatorio.
Páramos de Poniente
La vida en los Páramos de Poniente fue sencilla. No fácil, sencilla.
El padre de Klaussius, antes de comerciante, había sido terrateniente, y conocía bien la tierra ingrata y agradecida a partes iguales. La calabaza fue la salvación. Crecía donde otros cultivos fracasaban, alimentaba, se conservaba bien y no hacía preguntas.
La familia volvió a tener un ritmo. Amanecer, trabajo, silencio. Atardecer, cuentas, silencio. Noche... silencio. No llegaron noticias, ni de Selomit ni de Éric. Y con el tiempo, la supervivencia ganó terreno a la añoranza. No porque doliera menos, sino porque doler sin parar mata. El padre de Klaussius se volvió frío, distante, funcional como una herramienta vieja. Cumplía. Nada más.
En Arroyo de la Luna, Klaussius encontró algo parecido a la esperanza. La maestra de la escuela. Una mujer culta, cansada, con vocación suficiente para seguir enseñando a niños en un mundo que parecía empeñado en arder. Entre clases improvisadas, miradas largas y conversaciones al final del día, nació una historia. No épica, humana. Una ilusión nueva, torpe, tímida… y frágil. No llegó a florecer porque el mundo no tenía paciencia para eso.
Un año malo, uno de esos que empiezan mal y solo empeoran los Defías llegaron como llegan siempre: rápido, brutalmente, sin discurso. Sabían lo que buscaban. Y la reserva de oro de los Dragowere era un objetivo demasiado tentador. La granja ardió, la tierra quedó pisoteada y el pasado, saqueado.
El padre de Klaussius murió defendiendo lo último que le quedaba: lo que había construido tras huir del norte, ni hubo despedida ni palabras finales, sólo silencio otra vez. Klaussius se quedó solo. Pasó días acurrucado, sin rumbo, sin fuerza siquiera para odiar y fue entonces cuando un paladín de Villanorte lo encontró sucio, exhausto y vacío. Había oído hablar de Selomit Dragowere y ese nombre bastó.
Lo llevó a la abadía, lo tomó bajo su cargo y comenzó a enseñarle el uso de la maza, el escudo y la Luz. No como milagro. Como disciplina, pero Klaussius tenía un problema: Era belicoso, impulsivo y en combate, la rabia iba antes que la fe. Los sacerdotes lo vieron claro: ese muchacho podía empuñar la Luz pero aún no vivirla y tomaron otra decisión por él.
El ejército no pedía calma interior, pedía resultados. Klaussius empezó como zapador en una unidad de infantería de Villa del Cuervo. Aprendió a cavar trincheras, a colocar cargas, a sobrevivir cuando nadie te ve. Demostró talento, frialdad bajo presión y capacidad para mantener a otros con vida, por lo que ascendió a sargento.
Más tarde, se le encontró un lugar en la caballería, en el cuartel de Arroyo Oeste. Como caballero, siguió a su unidad allá donde fue necesaria:primero, conteniendo la plaga, asegurándose de que el sur no cayera y después, enfrentándose a las incursiones de la Horda. Escaramuza a escaramuza y como habían previsto los monjes, Klaussius aprendió a controlar su furia. No a apagarla. A dirigirla.
Y entonces ocurrió: el Portal Oscuro volvió a abrirse. No fue una orden, sino una llamada. Klaussius se ofreció voluntario, sabiendo perfectamente lo que significaba. Quizá no habría regreso, quizá no habría redención, pero sí habría propósito. Cruzó el portal ya como oficial, Capitán de Caballería.
No llevaba consigo un pasado intacto, llevaba pérdidas y silencios además de nombres que no se pronuncian, pero también llevaba algo más peligroso: La convicción de que, si la Luz existía de verdad, tendría que aceptarlo tal como era: con cicatrices, con rabia contenida. con la voluntad inquebrantable de no dejar a nadie atrás jamás.
Y así, entre mundos rotos, Klaussius Il’Amare Dragowere dejó de huir de su historia y empezó, por fin, a caminar dentro de ella.