Diferencia entre revisiones de «Yinha Il'Amare Bosqueoscuro»
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* '''Clase(s):''' Cazadora (Arquera) / Sacerdotisa (sombras) | * '''Clase(s):''' Cazadora (Arquera) / Sacerdotisa (sombras) | ||
== Descripción == | == Descripción == | ||
Pequeña de altura para ser Kaldorei, piel clara, ojos plateados con tonalidades azules, pelo oscuro como la noche, cuerpo atlético por el entrenamiento | |||
== Historia == | == Historia == | ||
=== Infancia === | |||
Vio la primera luz en Astranaar, corazón sereno del bosque de Vallefresno. Allí, entre templos de madera viva y hojas que cantaban al viento, creció con unos ojos del color de la luna: plateados, con matices azulados que parecían guardar reflejos de estrellas incluso a plena luz del día y cabellos oscuro de color de la noche. | |||
Su padre era guardia del pueblo, firme y silencioso, siempre atento al crujido indebido entre los árboles. Su madre, tabernera, era el alma cálida de Astranaar: su risa llenaba el local como una hoguera amable en mitad del invierno. Yinha aprendió a caminar entre lanzas y jarras, entre disciplina y ternura. | |||
Tenía dos hermanos mayores. | |||
La mayor, druida, hablaba con la naturaleza como quien conversa con una hermana. | |||
El segundo, cazador, ya dominaba el arco con la serenidad de quien escucha al bosque antes de tensar la cuerda. | |||
Cuando ambos partieron hacia la capital para perfeccionar su vocación, el silencio cayó sobre Yinha como una neblina espesa. Se volvió reservada. No buscaba compañía. Observaba. Sentía. Guardaba. | |||
Sus padres, viendo esa melancolía callada, le regalaron una compañera: una tigresa gris plata con motas blancas y ojos azules como lagos al amanecer. La llamaron Milian. | |||
Milian no necesitaba palabras. Corrían juntas bajo la luz lunar, dos sombras ágiles entre helechos y raíces antiguas. Donde Yinha dudaba, Milian confiaba. Donde Milian rugía, Yinha comprendía. | |||
Pasaron los años. | |||
Y una noche, el bosque ardió en gritos. | |||
Orcos. Su olor a hierro y ceniza llegó antes que sus hachas. El estruendo rompió la paz de Astranaar como un árbol partido por un rayo. | |||
Su padre tomó las armas. | |||
Su madre la miró con una serenidad que no admitía discusión. | |||
—Corre. Escóndete. Ahora. | |||
Fue la última orden que Yinha escuchó de sus labios. | |||
Con el corazón desgarrado, obedeció. Corrió junto a Milian hacia una cueva oculta entre enredaderas y roca húmeda. Allí permanecieron tres días. Tres días de hambre, de miedo, de silencio contenido. Los ojos lunares de Yinha ya no brillaban de inocencia… sino de una tristeza antigua, prematura. | |||
No lloró en voz alta. El dolor era un filo que se clavaba hacia dentro. | |||
Al tercer día, pasos conocidos rompieron el eco de la cueva. | |||
Sus hermanos. | |||
La druida la envolvió en un abrazo que olía a bosque vivo. El cazador examinó el terreno con mirada endurecida. No hicieron preguntas innecesarias. Sabían. | |||
La llevaron con ellos lejos del lugar donde la infancia de Yinha había terminado. | |||
En la capital, Isildien, mientras el duelo se asentaba como una piedra en su pecho, ella observaba. Siempre observaba. Veía entrenar a los cazadores veteranos: la postura, la respiración, la paciencia. Aprendía en silencio. | |||
Hasta que un día, aún demasiado joven según algunos, tomó un arco sin pedir permiso. | |||
Colocó la flecha. | |||
Respiró como el bosque antes de la tormenta. | |||
Disparó. | |||
Diana. | |||
Otra. | |||
Otra más. | |||
Ninguna falló. | |||
El murmullo se convirtió en respeto. | |||
La entrenaron con disciplina férrea. Cada error corregido. Cada acierto pulido. Milian se convirtió en extensión de su voluntad: gris plata entre sombras verdes, ojos azules atentos al más leve movimiento. Juntas eran precisión y sigilo, luna y colmillo. | |||
Con el tiempo, Yinha sintió que el entrenamiento ya no bastaba. No porque se creyera invencible… sino porque la venganza no era su motor. Era algo más profundo: proteger lo que aún quedaba. Evitar que otros niños escucharan esa última orden susurrada por una madre. | |||
Una madrugada, bajo la luz plateada que parecía reflejarse en sus propios ojos, ajustó el arco a su espalda. Acarició el lomo moteado de Milian. | |||
—Es hora. | |||
Sus hermanos la miraron sin detenerla. Sabían que el bosque no cría hojas para que permanezcan inmóviles. | |||
Yinha partió de Isildien ya no como la niña que huyó, sino como la cazadora que eligió volver a caminar entre sombras. | |||
Silenciosa. | |||
Precisa. | |||
Con ojos de luna… y una tigresa plateada que nunca la abandonaría. | |||
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Revisión actual - 20:28 17 feb 2026

Características
- Raza: Kaldorei
- Nacimiento: Astranaar (Vallefresno)
- Clase(s): Cazadora (Arquera) / Sacerdotisa (sombras)
Descripción
Pequeña de altura para ser Kaldorei, piel clara, ojos plateados con tonalidades azules, pelo oscuro como la noche, cuerpo atlético por el entrenamiento
Historia
Infancia
Vio la primera luz en Astranaar, corazón sereno del bosque de Vallefresno. Allí, entre templos de madera viva y hojas que cantaban al viento, creció con unos ojos del color de la luna: plateados, con matices azulados que parecían guardar reflejos de estrellas incluso a plena luz del día y cabellos oscuro de color de la noche.
Su padre era guardia del pueblo, firme y silencioso, siempre atento al crujido indebido entre los árboles. Su madre, tabernera, era el alma cálida de Astranaar: su risa llenaba el local como una hoguera amable en mitad del invierno. Yinha aprendió a caminar entre lanzas y jarras, entre disciplina y ternura.
Tenía dos hermanos mayores.
La mayor, druida, hablaba con la naturaleza como quien conversa con una hermana.
El segundo, cazador, ya dominaba el arco con la serenidad de quien escucha al bosque antes de tensar la cuerda.
Cuando ambos partieron hacia la capital para perfeccionar su vocación, el silencio cayó sobre Yinha como una neblina espesa. Se volvió reservada. No buscaba compañía. Observaba. Sentía. Guardaba.
Sus padres, viendo esa melancolía callada, le regalaron una compañera: una tigresa gris plata con motas blancas y ojos azules como lagos al amanecer. La llamaron Milian.
Milian no necesitaba palabras. Corrían juntas bajo la luz lunar, dos sombras ágiles entre helechos y raíces antiguas. Donde Yinha dudaba, Milian confiaba. Donde Milian rugía, Yinha comprendía.
Pasaron los años.
Y una noche, el bosque ardió en gritos.
Orcos. Su olor a hierro y ceniza llegó antes que sus hachas. El estruendo rompió la paz de Astranaar como un árbol partido por un rayo.
Su padre tomó las armas.
Su madre la miró con una serenidad que no admitía discusión.
—Corre. Escóndete. Ahora.
Fue la última orden que Yinha escuchó de sus labios.
Con el corazón desgarrado, obedeció. Corrió junto a Milian hacia una cueva oculta entre enredaderas y roca húmeda. Allí permanecieron tres días. Tres días de hambre, de miedo, de silencio contenido. Los ojos lunares de Yinha ya no brillaban de inocencia… sino de una tristeza antigua, prematura.
No lloró en voz alta. El dolor era un filo que se clavaba hacia dentro.
Al tercer día, pasos conocidos rompieron el eco de la cueva.
Sus hermanos.
La druida la envolvió en un abrazo que olía a bosque vivo. El cazador examinó el terreno con mirada endurecida. No hicieron preguntas innecesarias. Sabían.
La llevaron con ellos lejos del lugar donde la infancia de Yinha había terminado.
En la capital, Isildien, mientras el duelo se asentaba como una piedra en su pecho, ella observaba. Siempre observaba. Veía entrenar a los cazadores veteranos: la postura, la respiración, la paciencia. Aprendía en silencio.
Hasta que un día, aún demasiado joven según algunos, tomó un arco sin pedir permiso.
Colocó la flecha.
Respiró como el bosque antes de la tormenta.
Disparó.
Diana.
Otra.
Otra más.
Ninguna falló.
El murmullo se convirtió en respeto.
La entrenaron con disciplina férrea. Cada error corregido. Cada acierto pulido. Milian se convirtió en extensión de su voluntad: gris plata entre sombras verdes, ojos azules atentos al más leve movimiento. Juntas eran precisión y sigilo, luna y colmillo.
Con el tiempo, Yinha sintió que el entrenamiento ya no bastaba. No porque se creyera invencible… sino porque la venganza no era su motor. Era algo más profundo: proteger lo que aún quedaba. Evitar que otros niños escucharan esa última orden susurrada por una madre.
Una madrugada, bajo la luz plateada que parecía reflejarse en sus propios ojos, ajustó el arco a su espalda. Acarició el lomo moteado de Milian.
—Es hora.
Sus hermanos la miraron sin detenerla. Sabían que el bosque no cría hojas para que permanezcan inmóviles.
Yinha partió de Isildien ya no como la niña que huyó, sino como la cazadora que eligió volver a caminar entre sombras.
Silenciosa.
Precisa.
Con ojos de luna… y una tigresa plateada que nunca la abandonaría.